martes, 23 de junio de 2020

Esculpiendo sistemas planetarios - Benjamín Montesinos Comino

4.1
Esculpiendo sistemas planetarios.
Cielo e infierno.





Durante miles de millones de años la Tierra ha evolucionado siguiendo las leyes de la física, la química y la biología según complejos patrones, muchos de los cuales probablemente quizás nunca seamos capaces de descifrar. Desde su formación ha sufrido bombardeos de cometas y asteroides, en ella surgió la vida después de miríadas de reacciones químicas fallidas, de las cuales solo unas pocas, y en unas circunstancias y entornos particulares, tuvieron éxito. Cambió su atmósfera, se desarrollaron millones de especies, animales y plantas fabulosos, una biodiversidad exuberante, y también se produjeron grandes extinciones.
En el último segundo del calendario cósmico apareció nuestra especie, capaz, como dice Carl Sagan en los primeros párrafos del capítulo 4 de COSMOS, de provocar nuestros propios desastres, por acción o por inacción: guerras, destrucción, odio al semejante, etnias aplastadas, contaminación, cambio climático, disputas nimias si comparamos nuestra pequeñez con la magnitud del Universo, todo ello contrapesado con altruismo, generosidad, solidaridad, avances en la cura de enfermedades, ansia por conocer, expediciones a lugares remotos, el salto a la Luna, la ciencia aplicada en beneficio de la sociedad, y los denodados esfuerzos por hacer que nuestro “punto azul perdido en el espacio” sea cada día un lugar mejor… permitidme esta pequeña digresión escrita en unos tiempos difíciles, en estos primeros meses de 2020 que nunca olvidaremos.
…Pero hablemos de astronomía. Una buena parte del capítulo 4 de COSMOS está dedicado al mundo de los cometas, y no puedo por menos que pensar en lo fascinante que hubiera sido para Carl Sagan contemplar las imágenes y estudiar los datos enviados por la misión Rosetta1 de la Agencia Espacial Europea.
Rosetta fue lanzada el 2 de marzo de 2004 y terminó sus tareas el 30 de septiembre de 2016, “posándose” sobre el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, su objeto de estudio, en un periplo de más de 12 años que constituye una de las mayores hazañas en la exploración espacial del Sistema Solar. Después de tres asistencias gravitatorias con la Tierra, y una con Marte, ¡qué complicada es la dinámica de vuelo de las misiones espaciales!, de visitar dos asteroides  -Steints y Lutetia- y de un periodo de hibernación de tres años y medio, desde junio de 2011 a enero de 2014, finalmente Rosetta se puso en órbita en torno al cometa 67P en agosto de 2014, aunque esta expresión, “se puso en órbita” es algo eufemística ya que la atracción gravitatoria entre cometa y sonda espacial no era tan fuerte como para permitir, sin complicadas maniobras de propulsión, mantenerlas unidas. Esa parte de la misión fue más bien una persecución controlada, una danza cósmica, entre el cometa y la nave. Es bien conocida la peripecia de Philae, la pequeña sonda destinada a posarse y anclarse sobre el cometa, que rebotó y quedó en una posición algo extraña, no la más adecuada para realizar la misión que tenía planeada, pero que aun así pudo completar bastantes tareas.
Este cometa tenía –no sabemos si la seguirá manteniendo- una forma peculiar, su núcleo distaba mucho de tener una apariencia similar a algo “esférico”, y desde las primeras imágenes tomadas durante la aproximación, la morfología del objeto fue el primer problema encima de la mesa de los físicos cometarios. Colocado sobre Madrid, el núcleo se asentaría más o menos entre el Palacio Real y la Plaza de Toros de las Ventas, tenía una dimensión longitudinal máxima de unos 4 km. A pesar de que las miles de imágenes de que disponemos dan la impresión de que el núcleo del cometa era gris y que reflejaba bastante luz, la realidad es que su albedo era del orden del 4%, es decir, tan solo reflejaba esa mínima parte de la luz solar, con lo cual realmente tendría la apariencia de un pedazo de carbón.
Algunos de los resultados más importantes de Rosetta tienen que ver con la composición del agua de su núcleo, que, en un gráfico símil de una nota de prensa de ESA “tiene un sabor distinto” al agua de nuestros océanos. Esto parece implicar que cometas similares a 67P no habrían aportado tanta agua a la Tierra como se creía, aunque el descubrimiento de moléculas como la glicina, un aminoácido que se encuentra en las proteínas, y de fósforo, elemento fundamental del ADN y de las membranas celulares, deja una puerta abierta a la fascinante hipótesis de que algunos de los bloques básicos de los que surgió la vida pudieran proceder del espacio.
…Sí, ¡cómo hubiera disfrutado Carl Sagan con estos descubrimientos!, y cómo lo hubiera hecho, ampliando un poco el horizonte, con los miles de planetas extrasolares descubiertos –la “planetodiversidad”- o con las asombrosas imágenes de los discos en torno a estrellas jóvenes, que nos dan una imagen de lo que fue nuestro Sistema Solar en sus albores. Es a ellos a los que quiero dedicar la segunda parte de esta contribución, en parte porque entre ellos y los cometas existe una relación muy íntima.
A mediados de los años 80, observaciones con el satélite IRAS2, permitieron identificar por primera vez la presencia de material frío en torno a Vega (α Lyrae, 9600 K de temperatura, una edad de ~450 millones de años, situada a 25 años luz).Desde entonces, proyectos como ISO3, Herschel4, y observatorios en Tierra como ALMA5, operando en los rangos infrarrojo y milimétrico del espectro electromagnético, han permitido detectar multitud de discos circunestelares entre los que están los discos protoplanetarios y los discos de escombros, o discos debris, dos fases evolutivas del material que rodea a las estrellas en sus primeras etapas evolutivas.

(a) Imagen del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko obtenida por la cámara NAVCAM de Rosetta, a una distancia de 28.6 kilómetros del núcleo (ESA/Rosetta/NAVCAM). (b) El disco protoplanetario alrededor de la estrella HL Tau. Las zonas oscuras podrían sugerir fenómenos relacionados con formación de protoplanetas (ALMA, ESO/NAOJ/NRAO).

Los discos protoplanetarios son discos de gas y polvo, en una proporción de aproximadamente 100/1 en masa, que rodean estrellas jóvenes, de tan solo unos pocos millones, o decenas de millones de años y que provienen de complejos procesos que llevan desde una nube de material interestelar que se contrae a la formación de una protoestrella y un disco en el que, si las condiciones son favorables, se podrían formar planetas. Cuando los discos protoplanetarios evolucionan, el gas va desapareciendo por distintos mecanismos -uno de ellos es el acrecimiento sobre la estrella en formación- mientras que los granos de polvo pueden fusionarse, creando cuerpos de distintos tamaños -planetesimales- que pueden ser núcleos de planetas, o que pueden colisionar entre ellos, nutriendo al disco de polvo procesado, o permanecer en las zonas más externas de los discos en forma de cuerpos helados –exocometas- que en algunas ocasiones pueden viajar a las partes más internas del sistema protoplanetario, colisionando con los potenciales cuerpos allí formados. Esta compleja estructura sería un disco debris. Los modelos y las observaciones nos dicen que nuestro Sistema Solar sufrió hace unos 4000 millones de años lo que se conoce como el “bombardeo intenso tardío”; se piensa que la mayoría de los cráteres que se observan en Mercurio y la Luna datan de esa época. Nuestro cinturón de Kuiper de objetos transneptunianos y la nube de Oort serían las huellas de todo aquel proceso en nuestra propia casa, en el Sistema Solar.
De entre todas las estrellas con discos, β Pictoris (~8000 K de temperatura, 23 millones de años de edad, a una distancia de unos 60 años luz, y con dos planetas orbitándola), muestra una intensa actividad cometaria. La detección de cometas –y de otros cuerpos pequeños- en torno a estrellas distintas de nuestro Sol es todo un reto observacional, fundamentalmente debido a su reducido tamaño. La técnica más empleada es la búsqueda de pequeñas componentes de absorción variables, causadas por el gas que se produce cuando el cuerpo helado o “exocometa” se aproxima a la estrella y se sublima, superpuestas a las líneas de absorción del espectro estelar. En β Pictoris se han detectado centenares de estos eventos, confirmando de una manera extraordinaria el escenario que poco a poco vamos construyendo para entender la arquitectura de los sistemas exoplanetarios. En el momento de escribir esta contribución se conocen 26 estrellas que presentan fenómenos compatibles con la existencia de exocometas, curiosamente todas ellas son de tipo espectral A (temperaturas entre 7500 y 11000 K), salvo una de tipo F (algo más fría de 7500 K).
Estrellas en formación, de las frías nubes moleculares en contracción a los discos circunestelares, cunas de sistemas planetarios. Cometas, asteroides, planetesimales, gas, polvo, en una compleja danza en torno a su estrella. Planetas helados, habitables o mundos con temperaturas insoportables. Universo violento a pequeña escala. Cielo e infierno… y quizás vida.

Notas:

Benjamín Montesinos Comino.
Doctor en Ciencias Físicas.
Investigador Científico, Departamento de Astrofísica, Centro de Astrobiología (CAB, CSIC-INTA), Madrid.


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